4 DICIEMBRE GUARDIA EN EL HACHO

03 de Diciembre de 1.978 Fuerte del Monte Hacho Ceuta, víspera de Santa Bárbara, Patrona del Arma de Artillería. Felicidades a todos los artilleros, especialmente a mis amigos y compañeros.

Hace 45 años exactamente, me encontraba, como Teniente de la Legión, dando la Guardia de Prevención en la Fortaleza del Monte Hacho de Ceuta.

En el monte Hacho, considerado por la mitología como una de las Columnas de Hércules, la otra es el Peñón de Gibraltar, está emplazada la Fortaleza del Hacho. Aunque hubo otras fortificaciones anteriores, la actual data de mediados del siglo XVIII. Su planta es hexagonal irregular, con baluartes situados en 5 de sus vértices y un perímetro amurallado de cerca de 2 kilómetros con 41 torres: Aunque de origen defensivo, a lo largo del tiempo, ha desempeñado distintos cometidos incluidos el de penal.

En Diciembre del 78, no sé qué papel desempeñaba. Creo que, entre otras cosas, seguía siendo un “castillo”; así denominábamos, militarmente, a la prisión donde, Oficiales y Suboficiales, cumplían condena por haber cometido delito. Desde luego, no había ninguna Unidad acantonada; de otra manera, supongo, yo no habría estado ahí de guardia. Pero era un “baluarte” de la Artillería y allí, debía de haber algún salón adecuado, para que, la cena y baile de gala en honor de la Patrona del Arma, Santa Bárbara, se celebrara.

Esa cena y baile motivaron este relato.

La Guardia de Prevención del Hacho, normalmente, la daba la Artillería, pero en aquellas fechas, 3 y 4 de Diciembre, para liberar a los artilleros de este Servicio, se hacía cargo la Legión; al menos aquel año. Y me tocó a mi como Teniente Jefe de la Guardia.

Ceuta. Cuna de la Legión Española. Al Este (derecha de la imagen), el Monte Hacho y la Fortaleza de su mismo nombre.

No conocía a los legionarios componentes ni al Sargento. No eran de la IV Bandera.

En aquellos tiempos, la seguridad en Ceuta era algo incierta, debido a la actividad subversiva provocada por grupos marroquíes. Si, militares marroquíes, no promarroquíes de Ceuta, aunque algunos los apoyaban, se infiltraban con la misión de subvertir el orden o cometer atentados; como el acontecido a finales de Octubre, en el que, un Inspector de la Policía, resultó herido desactivando una bomba.

Aquella noche, se iban a reunir en el Hacho todas las autoridades civiles y militares de Ceuta, Comandante General, General 2º Jefe, Alcalde y Concejales, Jefes de Cuerpo, personas relevantes de la vida ceutí, …, y por supuesto, prácticamente toda la oficialidad de Artillería, por lo que recibí órdenes estrictas para mantener la seguridad, puestos de centinela, patrullas y control de acceso a la fortaleza.

Y en eso estaba un legionario y uno de los cabos de la Guardia: controlando el acceso de los invitados a la cena baile, identificarlos y pasar el espejo por los bajos del vehículo.

En esto, le tocó el turno a un Coronel, que iba con su mujer y su hija en su coche particular.

El Coronel se puso gallito con lo de la identificación y el paso del espejo. El caso es que con su “alta jerarquía” estaba intimidando y abrumando al Cabo.

Dada la cantidad de movimiento de invitados que se estaba produciendo, yo me encontraba observando el panorama un poco más atrás.

Dándome cuenta de la situación, me acerqué al lugar, mandé retirarse al Cabo y con todo respeto, pero con aplomo y tras saludarle militarmente, le dije a aquel Coronel que, el Cabo, estaba cumpliendo mis órdenes y lo dejé ahí. A ver qué pasaba.

El tío no tenía la intención de apearse del burro y continúo en su línea intentando amedrentarme.

No era ninguno de los Jefes de Cuerpo, el Artillero como anfitrión, había sido de los primeros en llegar en su coche oficial. No conocía, ni tenía por qué conocer a aquel Coronel impertinente. Podía ser un comando disfrazado o ciertamente el coronel que decía ser. En el mundo hay menos comandos que capullos; por lo que, por lógica, debía ser un capullo.

Así, manteniendo el tono respetuoso, pero autoritario, como correspondía a mí condición de Jefe de la Guardia, le indiqué que apartara su vehículo a un lado. Simultáneamente, como había previsto para el caso de que se produjera una incidencia, dos legionarios de la Guardia, se aproximaron y adoptaron la posición de prevengan, controlando el vehículo y a sus ocupantes; de paso daba “vidilla” a los legías, que “entraban en acción”. Estaba hecho un energúmeno, no quería dar su brazo a torcer, mientras mujer e hija intentaban hacerle razonar.

Una vez apartado, mientras el Cabo y el legionario seguían con su control de acceso, le volví a pedir que se identificara, Le ordené que me mostrará su TIM (Tarjeta de Identidad Militar), me la mostró y ahí, empezó mi turno de dar por el culo. La miré por delante, por detrás y por los costados, con parsimonia, sin prisa, le pedí el DNI a las señoras y cuando me pareció, llamé al Cabo para que tomara nota de los documentos y vehículo.

Para que el Cabo recobrará su autoridad y su ego, a la par que ordenaba retirarse a los dos legionarios de seguridad, ya que el supuesto coronel era un Coronel, me alejé un poco del escenario. Cuando hubo tomado los datos y el legionario le pasó el espejito y también lo hizo detenidamente el jodido, el Cabo me dio novedades. Como si no hubiera pasado nada, me acerqué de nuevo al vehículo, les di las buenas noches a las señoras, les pedí disculpas por las molestias, saludé militarmente al Coronel, les desee una feliz Patrona y les dije que podían acceder a la Fortaleza.

Se fue diciendo que me iba a enterar, pero no me enteré de nada. Finalizó mi guardia sin novedad y nadie me preguntó nada. Ni siquiera me enteré de cuando salieron. El Cabo de turno anotaba las matriculas de los que abandonaban la fortaleza para controlar quien podía quedar dentro.

Muchos años después, me encontré con aquel Cabo. Había cursado la carrera militar y era Brigada en el MOE (Mando de Operaciones Especiales). Yo no me acordaba de él. Fue él, el que me recordó la aventura. Me contó lo mal que lo había pasado (en su momento, ni yo le había dicho nada, ni él a mi) y que aquello fue una lección que no había olvidado y había aplicado a lo largo de su carrera militar.

Por un lado, la jerarquía, el mando, militar, civil, religioso o político, no es atributo para saltarse las leyes ni las normas a la torera, amenazar, humillar o avasallar a los de rango inferior.

Por otro, el que ejerce el mando, tiene la ineludible obligación de preocuparse por sus subordinados. No abandonarlos nunca.

La Legión. Acuartelamiento Garcia Aldave. Ceuta 1979
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