HISTORIA DE UNA SILLA DE MONTAR

La justicia imperará en los Ejércitos, de manera que nadie tenga que esperar del favor ni temer de la arbitrariedad (Ordenanzas de Carlos III)

Me siento orgulloso de ser Infante; pero si hubiera nacido en el siglo XIX, me habría gustado poder ser un Oficial de la Caballería Española.

          No terminé el Curso de Esquí Escalada. Sobre el 15 de Abril del 78, en el último descenso sobre esquís del Curso, tras pasar una noche vivaqueando en la zona de Tortiellas, ya en la base de la Estación de Esquí de Candanchú, entré en una placa de hielo que, dado lo avanzado de la época, cedió bajo los esquís. El esquí izquierdo, clavó su espátula y dado que eran unos Sancheski, con una mediocre seguridad, su fijación de sirga no saltó y como siempre digo, ¡afortunadamente! me rompí la pierna. El 10 de Mayo, causé baja en el Curso, por sufrir una lesión no recuperable en un corto plazo y una vez recuperado, me reincorporé a mi Regimiento.

Prácticas de vida en montaña invernal. Curso de Mando de Esquí y Escalada de la Escuela Militar de Montaña y Operaciones Especiales
Prácticas de vida en montaña invernal Curso de Mando Esquí y Escalada de la Escuela Militar de Montaña y Operaciones Especiales

          Aquella lesión sin lugar a duda cambiaría mi futuro. Al no diplomarme, no tenía ninguna servidumbre de permanecer en Unidades de Montaña. Pude pedir destino a la Legión; una ilusión que ya parecía imposible; y para rematar mi gran suerte, me darían el mando de la SOE de la IV Bandera (Sección de Operaciones Especiales). Posteriormente, como consecuencia de haber mandado esa SOE, pude optar al Curso de Guerrilleros (Mando de Unidades de Operaciones Especiales). La suerte protege a los audaces. Pero todo esto es otra historia.

      

Maniobras en el Pirineo Catalán, zonas de los valles de Bohi y San Nicolas, Lagos de Llebreta y San Mauricio con el Batallón de Cazadores de Montaña Barcelona 63

Montar a caballo es una de mis pasiones. En aquellos tiempos, las Unidades de Montaña todavía disponían de ganado: los mulos, los semovientes que, bajo mi punto de vista, nunca debieron desaparecer de las Unidades de Montaña, encargados de transportar todas las cargas pesadas de las Compañías de Cazadores y las plazas montadas a caballo de los Oficiales al mando. Así que dedique muchas horas de mi tiempo libre a montar a caballo. En el Regimiento, al mediodía terminaban las actividades y por la tarde, solo quedaba en el Cuartel el Servicio de Semana, que se veía reducido a una mera representación a partir del Toque de Marcha.

          Horas, cuidando, domando y adiestrándonos, caballo y jinete. Incluso muchos días, a las 7 de la mañana, ya estaba montando hasta las 8; hora en la que, con el izado de la Bandera, se iniciaban las actividades.

          Seguí en la misma Compañía, pero ahora el Capitán había cambiado. El Capitán D. Javier Loidy Pla, era un grandón noblote y campechano, que venía de Tropas Nómadas. No tuve tiempo de conocerlo mucho, ya que, al poco de llegar al Regimiento, fui designado para realizar una Patrulla de Reconocimiento en la zona del Pirineo, centrada en los valles de Bohi y San Nicolas, lagos Llebreta y San Mauricio, que me llevó 7 maravillosos días como Mando de la Patrulla y a finales de Julio, salí destinado a la Legión.

          Pero si realicé bajo su mando unas maniobras de Batallón en la zona pirenaica (la que previamente había reconocido) y las hice a caballo, al mando de la Sección de Armas de la Compañía, que era hipomóvil; es decir usaba como medio de transporte de su armamento al mulo.

          Sin duda, una única y gran experiencia.

          El 15 de Julio, finalizadas las maniobras, el Capitán se fue de permiso y me quedé como Teniente Comandante de la Compañía y aquí, realmente, empieza la historia que da origen al título de este artículo.

Embocadura ecuestre: bocado

          No recuerdo la fecha exacta. Aquella tarde, como tantas otras, había estado montando a caballo. Al día siguiente, cuando llegué al Cuartel, el Oficial de Semana de la Compañía me informó de que, en el transcurso de la noche, el cuarto de monturas se había quemado. Junto a él, que me iba contando como lo habían sofocado, me dirigí al cuarto para inspeccionarlo. Se habían quemado todas las sillas de montar y los distintos tipos de bastes de carga de los mulos. Bueno, se había quemado prácticamente todo. Le pregunté al Soldado encargado del cuarto si se le ocurría que había podido pasar y me dijo que no, que cuando yo me fui, cerró el cuarto y se fue al hogar del soldado, ya que no le apetecía salir de paseo por Lérida. Siempre me ha gustado cuidar personalmente a mi caballo, así que, mientras yo lo duchaba, si era el caso por el esfuerzo realizado, lo cepillaba y limpiaba y verificaba el estado de sus pezuñas y herraduras, él guardaba los apeos de montar y andaba organizando el cuarto.

          Como Jefe accidental de la Compañía, realicé mi informe por escrito y me dirigí al despacho del Teniente Coronel Jefe del Batallón a darle novedades; es decir, informarle de lo acontecido, que por supuesto ya sabía.

          El Teniente Coronel era otro de los ejemplares del Regimiento. Un sinvergüenza; ya que todo aquel que se presta a ocupar un puesto para el que no está capacitado, lo es. Era el Jefe de un Batallón de Cazadores de Montaña y era incapaz de llevar a cabo una marcha de paso de valle al frente de él.

          Terminada mi corta exposición, ya que había poco que contar, me dijo que tenía que arrestar al soldado de cuarto de monturas. Como no podía ser de otra manera, me negué en rotundo. No tenía el menor indicio de que fuera responsable del incendio y no iba a cometer semejante injusticia:

“La justicia imperará en los Ejércitos de manera que nadie tenga nada que esperar del favor ni temer de la arbitrariedad”

Este artículo de las Ordenanzas de Carlos III, junto al V del Cabo,

“El Cabo, como Jefe más inmediato del Soldado se hará querer y respetar de él, no le disimulará jamás las faltas de subordinación. Infundirá en los de su Escuadra amor al oficio y mucha exactitud en el desempeño de sus obligaciones. Será firme en el mando, graciable en lo que pueda, castigará sin cólera y será medido en sus palabras, aun cuando reprehenda”.

los tengo grabados a fuego; ya que, el del Cabo, es aplicable a cualquiera que ejerce el mando de una Unidad.

Conforme fue avanzando mi vida militar añadí:

Me haré querer de mis subordinados y respetar de mis superiores.

Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que entienda el compadreo. De eso nada.

Si, fumaba, pero no podía asegurar que hubiera dejado una colilla encendida dentro. No lo calificaría de excelente soldado, pero tampoco de negligente. Era callado, introvertido, pero cumplía con su deber. Y el cuarto no era una carpintería llena de serrín. Bajo mi punto de vista, resultaba complejo que una colilla fuera capaz de originar el incendio. Mas bien, como luego se demostró, fue debido al mal estado del cableado eléctrico, que debía de datar de cuando mi padre, a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, estuvo destinado en aquel Regimiento como Teniente.

          El caso es que, el impresentable Teniente Coronel, me dijo que, si yo no arrestaba al Soldado, el me arrestaba a mí. Le contesté que no estaba dispuesto a cometer esa injusticia y me metió 8 días de arresto.

          Cumplido el arresto, le expuse el asunto al Jefe de los Bomberos, al que conocía de tomar copas en la Cafetería London y con el que tuve otra experiencia que contaré en otro articulo «La Compañía del Cuartel General de la División Urgel» y una tarde, junto a dos técnicos suyos, nos dirigimos al cuarto quemado para inspeccionarlo. Según aquellos técnicos, sin lugar a duda, el fuego se originó como consecuencia de un cortocircuito.

          Me acordé de mi primer Capitán en el CIR 11 de Vitoria, el “Caballero Cambridge”:

Mi Teniente, en el Ejército hay que ir con el Código de Justicia debajo de un brazo y con el Régimen Interior debajo del otro y todo, pedirlo y hacerlo por escrito; esa es la única forma de que no te toquen los cojones.

Que razón tenía y tuve en cuenta esa lección a lo largo de toda mi vida militar.

          Así que me puse a escribir; es decir, a dar parte por escrito de lo acontecido. Incluyendo lo que consideraba un injusto arresto. No podía decir que los técnicos habían hecho su trabajo, ya que no había pedido autorización al mando para ello, pero apunté que el viejo cableado habría sido el responsable de que se produjera un cortocircuito y como los bomberos me habían asesorado, pedía un peritaje técnico para comprobar mi hipótesis.

Como todo parte por escrito se dirige a la autoridad inmediatamente superior, informé al Teniente Coronel y di parte al Coronel.

A diferencia del TCol, el Coronel, González-Valles, era un Soldado, un veterano de la Guerra Civil y de la División Azul; aunque tampoco quería problemas. En 1.979, siendo Gobernador Militar de San Sebastián, fue asesinado por la banda terrorista ETA.

El resumen es que, al día siguiente de darle el parte por escrito, me llamó a su despacho, me dijo que tenía razón, que había demostrado un alto grado de responsabilidad, sentido de mando, justicia y bla bla bla y que, si me parecía bien, borraba el arresto de mi Hoja de Servicios y dábamos por zanjado el asunto. Eso significaba que el impresentable TCol se iba de rositas. Me iba dando cuenta de que, conforme asciendes de rango, puedes cagarla impunemente con más facilidad; pero la verdad es que, por aquel entonces, todavía no me preocupaba demasiado, así que acepté el trato.

La Compañía salió ganando: cuarto nuevo de monturas y monturas nuevas.

Yo también: no me había doblegado.

A los pocos días de los hechos, con un documento escrito en el que se relacionaba el material que debía extraer del depósito logístico, con un land-rover y un camión REO, partí para Barcelona.

No recuerdo bien a quien me presenté, pero los hechos fueron que, una vez refrendado el documento, acompañado de un Brigada de aquella Unidad Logística, me dirigí con mis hombres y mis vehículos a una gran nave repleta de sillas de montar y bastes de todas las modalidades, morteros, ametralladoras, cargas de munición, cocina, … Estaban completamente nuevas. La sorpresa fue que, conforme cogíamos una montura, se nos deshacía entre las manos: la estructura de madera y el cuero que los revestían, estaban podridos.

Que pena. Las Unidades con un material hecho polvo por el uso, que para que te lo repusieran había que hacer instancia al Ministro y allí, una nave enorme llena de material nuevo podrido; cientos de sillas y bastes. Sin exagerar, por cada montura útil, nos quedamos entre las manos con tres o cuatro podridas. Le hice este comentario al Brigada. Así es mi Teniente y hasta que “no haya otro incendio”, aquí se seguirá muriendo de asco todo este material. Mi Teniente, si le gusta montar a caballo, llévese una montura para usted. Tres o cuatro sillas más a tomar por el saco y conseguí mi silla de montar.

Silla militar de cola de pato. Reglamentaria desde los años 40 (tal vez antes), se seguía utilizando en los 70. Hechas polvo por el uso en las Unidades, mientras las nuevas se pudrían en los almacenes. Mi silla.

Una respuesta a «HISTORIA DE UNA SILLA DE MONTAR»

  1. Estupendo artículo que he leído tres veces seguidas, no por ser de Infantería, no, sino por lo que de él se desprende. Edificante. Aleccionador.

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